La nuera la maltrataba, pero olvidó un detalle muy importante.Doña Marta

Doña Marta estaba en el patio de su pequeña casa, inclinada sobre una vieja batea llena de ropa. El agua fría le entumecía las manos y cada movimiento le provocaba un fuerte dolor en la espalda. Aun así, seguía lavando en silencio.

De repente, el portón se abrió con fuerza.

—Doña Marta —dijo Natalia, la novia de su hijo, entrando con varias bolsas llenas de ropa—. Láveme esto rapidito porque no tengo nada limpio y tengo que salir.

La mujer dejó las bolsas caer sobre la batea, salpicando agua por todos lados.

—Pero hija… mi espalda… —intentó decir Doña Marta con voz débil.

Natalia la miró con impaciencia.

—Ay, por favor. No exageres tanto. Y ni se te ocurra decirle algo a tu hijo, ¿entendiste? Él solo me cree a mí.

Sin esperar respuesta, tomó su cartera y salió caminando con prisa.

—Voy de compras —dijo con una sonrisa orgullosa—. Alguien tiene que disfrutar el dinero que él gana.

El portón volvió a cerrarse y Doña Marta suspiró con tristeza mientras comenzaba a lavar las montañas de ropa.

Un rato después, el mismo portón se abrió nuevamente.

Era su hijo, Daniel.

Al verla inclinada sobre la batea, se quedó paralizado.

—¡Mamá! ¿Qué estás haciendo? —preguntó corriendo hacia ella—. ¡El doctor dijo que no puedes hacer esfuerzos!

Doña Marta intentó sonreír.

—No te preocupes, hijo… es solo un poquito de ropa.

Daniel miró alrededor. Había montones de prendas, muchas de ellas claramente de Natalia.

Frunció el ceño.

—¿Dónde está Natalia? ¿Por qué no te ayuda?

La mujer dudó un momento, pero finalmente dijo la verdad.

—Se fue de compras… como siempre. Me dejó todo esto a mí.

Daniel se quedó en silencio unos segundos.

Luego respiró profundo y dijo con calma:

—No te preocupes, mamá. Creo que ya es hora de que Natalia aprenda una lección que nunca olvidará.

Esa misma noche, Natalia regresó a casa cargada de bolsas y con una gran sonrisa.

—¡Amor! —gritó entrando—. Mira todo lo que compré.

Pero Daniel estaba sentado en la sala, serio.

—Siéntate —le dijo.

Natalia se sorprendió por el tono de su voz.

—¿Qué pasa?

Daniel sacó unos papeles y los puso sobre la mesa.

—Desde mañana te mudas.

Natalia soltó una risa nerviosa.

—¿Cómo que me mudo?

—Sí —respondió él con tranquilidad—. Me enteré de cómo tratas a mi mamá. Y si no respetas a la persona que más amo en este mundo… entonces no tienes lugar en mi vida.

El rostro de Natalia cambió completamente.

—¡Pero amor! Seguro tu mamá exageró…

Daniel negó con la cabeza.

—No. Hoy llegué temprano… y vi todo.

Natalia se quedó sin palabras.

—Así que te voy a cumplir tu sueño —continuó Daniel—. Te gusta gastar dinero y vivir cómoda…

Abrió la puerta de la casa.

—Ahora podrás hacerlo… pero en tu propia casa.

Natalia salió furiosa, cargando sus bolsas y murmurando que Daniel se arrepentiría.

Sin embargo, lo que no sabía era algo que la dejó aún más sorprendida.

Al día siguiente intentó usar la tarjeta que Daniel le había dado durante meses.

Pero estaba bloqueada.

Daniel había cancelado todas las tarjetas y cambiado las cuentas.

Mientras tanto, dentro de la casa, Daniel estaba en la cocina preparando el desayuno para su madre.

—Mamá —dijo sonriendo—. Desde hoy no vas a volver a lavar ropa.

Doña Marta lo miró confundida.

—¿Y quién lo hará?

Daniel señaló la puerta con una sonrisa tranquila.

—La única persona que debía aprender a hacerlo… Natalia. Pero ahora tendrá que aprender sola.

Doña Marta sonrió por primera vez en mucho tiempo.

A veces, las lecciones más importantes de la vida llegan justo cuando creemos que podemos aprovecharnos de los demás.