TÍTULO: LA COPA

Julián nunca fue un hombre impulsivo, pero esa noche algo dentro de él se rompió.

Había llevado a su novia Valeria a conocer a su padre, Don Ricardo. La cena fue elegante, tranquila, todo parecía perfecto. Julián estaba feliz, pensaba que su vida por fin estaba en orden.

Después de la cena fue a la cocina a servir vino. Mientras buscaba las copas, recordó que había olvidado su teléfono en la sala, así que regresó en silencio.

Y entonces los vio.

Valeria y su padre besándose.

No fue un beso rápido. No fue un accidente. Se estaban besando como si Julián no existiera.

Julián sintió un vacío en el pecho. No gritó. No dijo nada. Solo se dio la vuelta y volvió a la cocina en silencio.

Apoyó las manos sobre la mesa y respiró profundo.
—¿Cómo es posible…? —susurró—. Nunca esperé esto de mi propio padre…

Su tristeza se convirtió en enojo. Un enojo frío.

Abrió un cajón, sacó dos copas de vino y una pequeña botella con un símbolo de calavera. Era un veneno que guardaba para ratas en la casa de campo.

Sirvió vino en las copas y dejó caer unas gotas en cada una.
—Ahora verán estos traidores… —dijo mirando las copas.

Se quedó mirando el vino unos segundos. Sus manos temblaban.

En ese momento escuchó pasos. Valeria y Don Ricardo entraron a la cocina.

Valeria estaba llorando.
—Julián… tenemos que hablar…

Julián los miró, luego miró las copas, luego volvió a mirarlos a ellos.
—Sí, claro que vamos a hablar.

Don Ricardo habló primero.
—Hijo, no hay excusa. Lo que viste fue real. Y sé que probablemente no me perdones nunca.

Valeria:
—Julián, fue un error… te lo juro… yo…

Julián levantó la mano.
—No digas nada. Ya entendí todo.

Empujó las copas hacia ellos.
—Tomen. Brindemos por la sinceridad.

Ellos se miraron confundidos.

En ese momento, Julián agarró las dos copas… y las tiró al suelo. El vidrio se rompió y el vino se derramó por el piso.

—¿Saben qué? No vale la pena —dijo Julián—. Ni ustedes, ni mi vida, ni mi libertad.

Valeria lo miró confundida.
—¿De qué hablas?

Julián respondió:
—Las copas tenían veneno.

Los dos se quedaron en silencio, pálidos.

—Pero no soy un asesino —continuó Julián—. Ustedes me traicionaron, sí… pero yo no voy a convertirme en algo peor que ustedes.

Don Ricardo se sentó en la silla, en shock.
—Hijo… lo siento…

Julián lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No perdí una novia hoy… perdí a mi padre.

Julián agarró su chaqueta y caminó hacia la puerta.

Antes de salir dijo:
—Quédense con la casa, con el dinero, con todo… yo me quedo con mi conciencia tranquila.

Y se fue sin mirar atrás.

Esa noche Julián perdió a su familia, pero salvó su vida… y su alma.

FIN.