
El taller olía a aceite y metal caliente cuando el mecánico se limpió las manos con un trapo sucio y caminó hacia el hombre elegante que lo esperaba junto a su esposa y su auto de lujo recién reparado.—Ya está el auto, señor —dijo el mecánico con calma—. Solo me faltaría el dinero para pagarles a mis muchachos.
El millonario lo miró con desprecio y soltó una pequeña risa.—¿Pagarles? Tardaron demasiado tiempo en arreglarlo.El mecánico respiró hondo. Habían trabajado día y noche para encontrar la falla del motor. Sus empleados casi no habían dormido.
—No puedes hacernos esto, nos debes mucho dinero. Mis muchachos trabajaron día y noche en tu auto.El hombre acomodó su traje y lo miró con arrogancia.—Si insistes con esto, llamaré a mi abogado para que cierren este local.El mecánico apretó los puños.—No puedes hacernos esto…El millonario sonrió con desprecio.—Mi tiempo vale mucho dinero…
así que chau.Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la salida. La mujer lo miró al mecánico y dijo con desprecio:—Mecánico de pacotilla.Ambos se alejaron sin pagar.El mecánico se quedó en silencio en medio del taller. Sus empleados lo miraban preocupados. Él caminó lentamente hasta la mesa de herramientas y agarró un pesado mazo de hierro.
—Ellos creen que soy un muerto de hambre… —dijo en voz baja.Pero no salió corriendo ni rompió nada. En cambio, dejó el mazo sobre la mesa, se limpió las manos y fue a su oficina.Sacó una carpeta, tomó su teléfono y sonrió.Al día siguiente, el millonario recibió una llamada.—Señor, le llamamos del edificio corporativo donde están sus oficinas. El propietario decidió no renovarle el contrato de alquiler.—¿Qué? ¿Por qué?
—El nuevo propietario decidió usar el edificio para otros negocios.—¡Quiero hablar con el dueño ahora mismo!—El dueño es el señor Martínez… el mecánico.El millonario quedó en silencio.Ese mismo día, el millonario apareció en el taller, pero esta vez sin sonrisa ni arrogancia.—Vengo a pagar lo que debo
—dijo, dejando un sobre con dinero sobre la mesa.El mecánico lo miró tranquilo.—Yo no soy rico por el dinero —dijo—. Soy rico porque nunca regalo mi trabajo ni el de mi gente.
El millonario bajó la mirada, tomó a su esposa del brazo y se fue sin decir una palabra.
El mecánico volvió a su taller, se puso los guantes y siguió trabajando como siempre.Porque hay personas que parecen pobres por fuera, pero son millonarias en dignidad.

