
EL MILLONARIO Y LA CONTADORA
El señor Alejandro era dueño de una gran empresa. Siempre fue un hombre justo y le gustaba que sus trabajadores vivieran bien. Por eso, hacía dos meses había decidido aumentar el salario de todos los empleados, especialmente de los guardias y trabajadores más humildes.
Una mañana, al llegar a la empresa, el guardia Jiménez lo detuvo y le dijo que él y varios compañeros renunciarían porque su salario había bajado mucho en los últimos meses. Alejandro se quedó completamente confundido, porque él recordaba perfectamente haber autorizado un aumento de sueldo.
Preocupado, subió rápidamente a su oficina y llamó a su contadora, María.
—María, ¿aumentaste el sueldo de todos los trabajadores como habíamos quedado? —preguntó Alejandro.
—Sí señor, así lo hice —respondió ella con seguridad.
Alejandro la miró en silencio. Algo no le cuadraba. Los números no mentían, pero los trabajadores tampoco. Entonces decidió revisar personalmente los pagos, las transferencias y los registros contables de los últimos meses.
Esa misma noche, cuando todos se fueron de la oficina, Alejandro revisó la computadora de contabilidad. Después de varias horas, encontró algo extraño: había transferencias pequeñas a una cuenta desconocida cada vez que se pagaban los sueldos.
Siguió investigando y descubrió la verdad. La cuenta pertenecía a su contadora, María. Ella había aumentado los sueldos en el sistema, pero antes de que el dinero llegara a los trabajadores, desviaba una parte a su propia cuenta. Durante meses había estado robando poco a poco para que nadie lo notara.
Al día siguiente, Alejandro reunió a todos los trabajadores en la empresa. También llamó a María para que estuviera presente.
Frente a todos, Alejandro conectó la computadora a una pantalla y mostró las transferencias, los registros y la cuenta bancaria.
—El dinero de sus salarios sí fue aumentado —dijo Alejandro—, pero alguien aquí estuvo robándoles durante meses.
María se puso pálida y no pudo decir una sola palabra.
—María, estás despedida —dijo Alejandro—. Y también tendrás que responder ante la justicia.
Los trabajadores se miraron entre ellos sorprendidos. Alejandro entonces dijo algo que nadie esperaba:
—Y para compensar todo lo que pasó, a partir de hoy volveré a aumentar el salario de todos ustedes, porque ustedes son los que hacen que esta empresa funcione.
Los trabajadores comenzaron a aplaudir. El guardia Jiménez se acercó y le estrechó la mano.
—Gracias, señor. Sabíamos que usted no nos haría algo así.
Alejandro sonrió y dijo:
—Una empresa no se hace rica por su dueño, sino por su gente.
Y desde ese día, todos trabajaron con más ganas que nunca, porque sabían que tenían un jefe justo que siempre decía la verdad y cuidaba a su gente.
FIN.

