
Doña Rosa era una mujer mayor que ya no tenía la misma fuerza de antes. Le dolía la espalda, las manos y las rodillas, pero aun así todos los días lavaba ropa a mano en un viejo lavadero de metal en el patio de su casa.
Su hijo Carlos trabajaba todo el día y casi no estaba en casa. Él pensaba que su madre descansaba y que todo estaba bien, porque hacía poco le había comprado una lavadora nueva para que ya no lavara a mano.
Pero Carlos no sabía la verdad.Su nueva novia, Laura, que vivía con ellos, trataba muy mal a Doña Rosa. La hacía lavar la ropa, limpiar la casa y cocinar. Y la lavadora nueva se la había regalado a su propia madre sin que Carlos lo supiera.—Vamos, más rápido —le decía Laura—. Siempre eres lenta. Necesito mi ropa limpia porque voy a salir.Doña Rosa solo agachaba la cabeza y seguía lavando, aunque el dolor en su espalda era cada vez más fuerte.Un día, mientras lavaba, Carlos llegó antes del trabajo.
Cuando entró al patio, vio a su madre lavando ropa a mano.Se quedó en silencio unos segundos, confundido.—Mamá… ¿qué estás haciendo? —preguntó preocupado—. ¿Por qué estás lavando a mano? Recuerda que estás enferma, tienes que estar en reposo.
Yo compré la lavadora para que no hicieras esto.Doña Rosa lo miró con tristeza y le respondió en voz baja:—Hijo… la lavadora ya no está aquí. Tu novia se la llevó para su mamá.Carlos sintió que el corazón se le cayó al suelo.Entró a la casa furioso y llamó a Laura.
—¿Es verdad que le regalaste la lavadora de mi mamá a tu madre?Laura intentó inventar una excusa, pero ya era tarde.Carlos, muy decepcionado, le dijo:—La lavadora era para mi mamá, no para la tuya. Y si eres capaz de tratar así a mi madre, entonces no quiero a alguien así en mi vida.Ese mismo día, Laura se fue de la casa.
Carlos llevó de nuevo una lavadora para su mamá, pero esta vez también contrató a una señora para que la ayudara con la casa. Además, empezó a llegar más temprano del trabajo para pasar tiempo con ella.Una tarde, mientras tomaban mate en el patio, Carlos le dijo:—Perdóname, mamá, por no darme cuenta antes.
Doña Rosa le sonrió y le respondió:—Lo importante es que ahora estamos juntos, hijo.Ese día Carlos entendió algo que nunca olvidó:Las novias pueden ir y venir, pero madre hay una sola.**Moraleja:** Valora a tu madre hoy, porque mañana puede ser tarde.

