
Juan llegó a casa más temprano de lo normal aquel día. Estaba cansado del trabajo, había sido una jornada larga, llena de problemas y reuniones. Lo único que quería era llegar, cenar y descansar.Pero cuando abrió la puerta de la cocina, se quedó paralizado.
Su madre estaba sentada en el suelo, con un plato en las manos, comiendo lentamente. En la mesa, María, su esposa, cenaba tranquilamente como si nada pasara.Juan dejó el maletín en el suelo y frunció el ceño.—María… ¿qué estás haciendo? ¿Por qué mi madre está comiendo en el suelo?María levantó la mirada, completamente tranquila.
—Tranquilo amor —dijo con frialdad—. Está comiendo ahí porque no aporta nada en esta casa.Juan no podía creer lo que estaba escuchando. Miró a su madre, que evitaba mirarlo a los ojos.—Hijo… —dijo la señora con voz débil— no te preocupes… yo estoy bien aquí.Juan se agachó junto a ella.—Mamá, ¿por qué estás en el suelo?La mujer lo miró con los ojos llenos de lágrimas.
—Hijo… me duele todo… ya no siento mis piernas… me cuesta mucho subir a la silla… y a María no le gusta que tarde en sentarme… dice que estorbo…Juan sintió una mezcla de tristeza y rabia que le quemaba por dentro. Se levantó lentamente y miró a María con una mirada que ella nunca había visto.—¡María, estás loca! —gritó—. ¡Mi madre vale más que todo lo que hay en esta casa!María soltó una pequeña risa.
—Entonces llévatela a vivir contigo, porque esta casa también es mía y aquí mando yo.La cocina quedó en silencio. Juan respiró profundo, la miró fijamente y dijo algo que cambió todo.—María… esta casa no es tuya.Ella dejó el tenedor sobre la mesa.—¿Cómo que no es mía?—Esta casa está a nombre de mi madre —respondió Juan—. Yo solo pagué algunas reparaciones… pero la dueña es ella.María se quedó pálida.
—Eso… eso no puede ser…Juan ayudó a su madre a levantarse y la sentó en la mesa. Luego le sirvió comida en un plato limpio y le sonrió.Después se giró hacia María.—Desde hoy, la que no se sienta en esta mesa eres tú.María empezó a llorar.—Amor, perdóname, yo no sabía… estaba estresada… no quise hacerlo sentir mal…Juan la miró con decepción.—No la humillaste porque la casa fuera tuya. La humillaste porque pensaste que ella no valía nada.María no supo qué responder.Juan tomó a su madre de la mano y antes de salir de la cocina dijo:—Nunca humilles a una madre…
porque puedes perderlo todo.María se quedó sola, sentada frente a la mesa, entendiendo demasiado tarde que había cometido el peor error de su vida.
Moraleja:
La riqueza de una persona no se mide por lo que tiene, sino por cómo trata a quienes no tienen nada.

