POR ENVIDIA ECHÓ A LA CHICA NUEVA, PERO TODO LE SALIÓ MAL

POR ENVIDIA ECHÓ A LA CHICA NUEVA, PERO TODO LE SALIÓ MAL

La mañana parecía normal en la empresa. Oficinas modernas, empleados trabajando y el sonido de teclados llenaba el lugar. Todo transcurría como cualquier otro día, hasta que una joven rubia entró al edificio con una gran sonrisa. Llevaba un frasco de dulces en la mano y una tarjeta que un hombre le había dado el día anterior. Estaba nerviosa, pero feliz. Sentía que ese podía ser el comienzo de algo grande en su vida.

Miraba alrededor con curiosidad, intentando encontrar a la persona que la había invitado a la empresa. Pero antes de que pudiera preguntar algo, una mujer elegante con traje formal se acercó a ella. Era la secretaria del lugar, una mujer muy seria, elegante y de mirada fría.

La secretaria la miró de arriba abajo y frunció el ceño.

—¿Qué haces aquí vestida de esa manera? —preguntó con tono molesto.

La joven, sin perder su amabilidad, respondió sonriendo:

—Un muchacho de esta empresa me dio su tarjeta y me dijo que viniera hoy.

La secretaria tomó la tarjeta, la miró por un segundo y su expresión cambió. Algo no le gustó. Tal vez la forma de la chica, su alegría o simplemente envidia. Sin devolver la tarjeta, le dijo con desprecio:

—De seguro no sabes ni sumar. Este lugar no es para gente como tú. Sal de aquí ahora mismo.

La sonrisa de la chica desapareció. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Intentó decir algo, pero no pudo. Solo bajó la mirada, se dio la vuelta y salió de la empresa llorando, abrazando su frasco de dulces.

La secretaria la miró irse… y sonrió.

Minutos después, un hombre entró a la oficina. Miró alrededor como buscando a alguien y se acercó al escritorio de la secretaria.

—María, ¿no llegó hoy una mujer joven rubia muy alegre? —preguntó.

La secretaria, tranquila, respondió:

—No señor, hoy no vino nadie.

Y sonrió de forma disimulada.

El hombre miró el escritorio y vio la tarjeta. La tomó y la miró sorprendido.

—Pero si yo le di esta tarjeta ayer… era para contratarla.

La secretaria se quedó en silencio. Su sonrisa desapareció.

El hombre la miró serio.

—¿Dónde está esa chica?

La secretaria ya no sabía qué decir.

El hombre salió rápidamente del edificio y comenzó a buscarla afuera. Después de unos minutos la vio sentada en la vereda, llorando.

Se acercó despacio.

—Perdón… lo que pasó no debió pasar —le dijo.

La chica levantó la mirada, sorprendida.

—Pensé que no querían contratarme…

El hombre negó con la cabeza.

—Al contrario. Eras la única persona que quería contratar hoy. Y si todavía quieres el trabajo, el puesto sigue siendo tuyo.

La chica no lo podía creer. Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero esta vez de felicidad.

Días después, la chica volvió a la empresa, pero ya no como visitante… sino como empleada.

Entró caminando por la oficina y todos la miraban diferente. Cuando pasó frente al escritorio de la secretaria, la mujer elegante bajó la mirada y no dijo nada.

Porque entendió demasiado tarde que por envidia había cometido el peor error de su trabajo.

A veces, una sola decisión puede cambiarlo todo. Y la envidia puede hacer que perdamos cosas que nunca volverán.